martes, 4 de noviembre de 2008

Vida, obra y movimiento literario de Baldomero Lillo

VIDA

Baldomero Lillo nació en el puerto de Lota el 6 de enero de 1867. El escritor, calificado por algunos como el mejor de nuestros cuentistas modernos, fue un niño muy enfermizo. Sus constantes estadía en cama le sirvieron para conocer a Julio Verne, Dickens, Tolstoi, Balzac y muchos más.

Su padre, José Nazario, oriundo de Quillota, un aventurero buscador de minas, atraído por la "fiebre del oro" viaja a California en 1848.

No tuvo mayor suerte y, de regreso, dos años más tarde, parte a Copiapó seducido por la fama de Chañarcillo. Poco dura en el norte y emigra a otro centro de parecidas actividades: a la localidad minera de Bucalemu, en Lota. Allí comenzaron sus estudios los hermanos Lillo: Filomena, Samuel y Baldomero.

Simultáneamente con los aprestos bélicos de la Guerra del Pacífico la familia se establece en Lebu y el padre parte hacia los lavaderos de oro de Nahuelbuta. Ahora, la suerte le sonríe, encontró oro: arenillas y una pepa grande. Vuelve a casa y traslada su hogar a Lota.
Metido en un conflicto minero, José Nazario obtiene un resultado judicial favorable y a la vez es nombrado administrador de una hacienda. Baldomero se queda solo en la ciudad minera, leyendo como siempre.
Al fallecer su padre en 1895, le correspondió asumir la mantención de su familia, trabajando como jefe de una pulpería. Estas labores le dieron tiempo para la lectura, afición antes influida por su padre; además, pudo conocer de primera fuente la realidad de los mineros del carbón de Lota, la cual plasmaría en sus obras.

Víctima de la tuberculosis, la enfermedad imprime un sello a su personalidad.

Una serie de acontecimientos marcan la vida de Baldomero: se casa con Natividad Miller, tiene un hijo, rompe con la administración de la mina, renuncia al empleo, deja a su mujer y al hijo con la familia en Coronel, y parte a Santiago. Es el año 1898.

La capital agobia. El joven provinciano debe ganarse la vida en los oficios más disímiles: agente de seguros fracasado, escribiente en una notaría. Su llegada al Consejo de Instrucción Pública le da un respiro. Fue en esa repartición donde, según sus estudiosos, “adquirió los secretos del verbo".

Tertulias literarias en casa de su hermano Samuel lo conectan con gente de letras. Su carácter no ha cambiado. En un rincón de la sala escucha en silencio, y así también escribe sus primeros relatos, inspirado en sus experiencias en las minas de Lota.

En 1903 obtuvo con su cuento "Juan Fariña" el premio del concurso convocado por la "Revista Católica”. Pero es 1904 su año crucial: aparece Subterra.

La revista Zig-Zag convoca a un concurso literario. Baldomero Lillo participa con su cuento "Sub-Sole" y gana el premio, compartido con Guillermo Labarca.

La constante inquietud obrera en las salitreras llama su atención: ahí puede esconderse el tema para una gran obra, una novela que describa las condiciones de vida de los obreros, la injusticia social.

El año 1912 es dramático para el escritor: su mujer enferma, contagiada tal vez por él, y muere de una hemoptisis. Baldomero siempre fue un hombre parco, introvertido, silencioso. La muerte de Natividad Miller acentúa estos rasgos. Su vida, tan precaria en incidentes, está sembrada de tormentos: la propia enfermedad, la aguda conciencia de estar contagiando a cuantos se acercan a él. Rehúye a sus hijos, aunque los ame, por miedo a la enfermedad. Se considera un portador de muerte.

Se retiró voluntariamente de su trabajo en la Universidad de Chile, pues padecía tuberculosis pulmonar crónica.

Finalmente, falleció el 10 de septiembre de 1923, sin haber podido escribir su novela sobre la masacre en el norte, la que debía ser su obra maestra.

OBRA

Nada más apropiado que la afirmación de Ortega y Gasset acerca de que «el hombre es él y su circunstancia» para describir lo que ha sido Baldomero Lillo tanto en su vida personal como en la artística. En efecto, ya fuera por cierta desidia, como afirman algunos de sus biógrafos, o por una quebradiza salud, como sostienen otros, la verdad es que su escolaridad reducida a un Segundo de Humanidades (equivalente a un Octavo Básico de nuestro actual sistema escolar), indica que este singular joven nacido en Lota en 1867, fue un verdadero autodidacta, aprendiz inteligente de la realidad que lo circundaba, pero sobre todo un ser sensible que sintió en carne propia el sufrimiento de los mineros.

Empleado en una de las pulperías de la compañía carbonífera, los años de estancamiento y monotonía despertaron en él una insaciable necesidad de leer todo cuanto caía en sus manos, jugando la casualidad más que un papel secundario porque ella le proporciona la lectura de La casa de los muertos de Dostoievski, de Germinal de Zola y Humo de Turguenev, lo que unido a su propio instinto literario lo aleja de las aventuras de Julio Verne y de las intrigas de capa y espada de Alejandro Dumas, transformándolo en un lector exigente que, al mismo tiempo, tomaba apuntes si bien no en el papel, en lo que debe haber sido una memoria prodigiosa, de la oscura y tenebrosa miseria que allí se desarrollaba cotidianamente. Y un día lejos ya, del riguroso mar y de la aún más terrorífica mina, comienza a escribir sobre aquello que nutrió su infancia y juventud, la vida áspera, sin horizontes y despiadada de esos hombres que, arañando las entrañas de la tierra, extraen su riqueza sin esperar otra recompensa que la explotación y un trato inhumano.

Hace más o menos 30 años que en el golfo de Arauco a la entrada de Coronel existía un importante establecimiento carbonífero denominado «Puchoco Délano».
En la noche de un diecinueve de septiembre el mar inundó repentinamente la mina. El origen del hundimiento es todavía un misterio y la presente leyenda está basada en la tradición conservada entre los mineros.

Estas líneas dan cuenta del origen de muchos relatos del autor que se han nutrido de las historias contadas por mineros o campesinos, ya sea como protagonistas o testigos de los acontecimientos narrados. En la distancia que hoy nos separa de Baldomero Lillo, y justamente con esa perspectiva se puede apreciar mucho mejor el proyecto literario implícito en su obra y sus coincidencias con la generación literaria siguiente, tan preocupada de la chilenidad y de sus representaciones; en efecto, tanto Sub terra como Sub sole y Relatos Populares constituyen la plasmación de la esencia del hombre de nuestro país que trabaja sus campos, sus minas o recoge en sus costas los productos del mar. Sin duda Lillo representa una vanguardia sin estridencias, cuya contribución no ha sido reconocida suficientemente.

Es así como su obra aparece concebida originalmente como una especie de contrapunto entre lo que sucede bajo tierra (la mina) y lo que ocurre bajo el sol (en la superficie de la tierra): Sub terra y Sub sole enlazados por la visión descarnada del escritor y la tonalidad gris y brumosa que se impone como trasfondo a cada uno de los dramas allí narrados; porque Lillo, a pesar de la falta de técnicas narrativas, es un maestro en la creación de la atmósfera, en la tensión del ambiente que precede al drama; generalmente hay una preparación: lo consabido, las condiciones infrahumanas del trabajo en las minas, luego el abuso que excede todos los límites soportables y finalmente la tragedia, como puede observarse en «El grisú», por ejemplo:

Viento Negro, lleno de lodo, espantoso, sangriento, se puso de pie. Un hilo de sangre brotaba de su ojo derecho e iba a perderse en la comisura de los labios, pero con paso firme se adelantó y cogiendo el combo se puso a descargar furiosos golpes en la inclinada viga.

La sonrisa de orgullo satisfecho resplandecía en la ancha faz del ingeniero. Había domado la fierecilla y a cada furibundo golpe que hacía resbalar el madero sobre la roca repetía plácidamente:- ¡Bien, muchacho, bravo, bien, bien!

El capataz fue el único que percibió el peligro, pero solo alcanzó a ponerse de pie. (...) Una llama azulada recorrió velozmente el combado techo del túnel (...). Los cabellos y los trajes ardieron y una luz vivísima, de extraordinaria intensidad, iluminó hasta los rincones más ocultos de la inclinada galería. (De «El grisú», en Sub terra, Obras Completas, p. 130).

Pero no es solamente el magistral poder de crear la tensión lo que caracteriza a los cuentos de Sub terra ni la precisión rotunda con que traza a sus personajes, como por ejemplo, la madre del Cabeza de Cobre, el ciego Juan Fariña, mister Davis o el mismo mocetón apodado Viento Negro; en cada uno de ellos, la fragilidad, el rencor, la crueldad o la rebeldía son, respectivamente, sus rasgos más sobresalientes. Nos importa la creación de dos tipos de personajes, que en último término representan dos actitudes distintas de afrontar la vida. Es así que muchos de los personajes que conforman el conjunto de cuentos de Sub terra son, además, los antecesores de los héroes que vendrán más adelante con Manuel Rojas, Nicomedes Guzmán, Marta Brunet, etc., en el sentido de que estos llevan el germen de la rebeldía, del carácter indomable que no se vence por los infortunios y, aunque no logran vencer las adversidades ni cambiar el orden social, su heroísmo consiste en el gesto postrero que prefiere la muerte antes que el sometimiento. Otros, por el contrario son héroes pasivos que soportan el abuso porque no tienen otros medios para ganarse el sustento y el de sus familias que el trabajo en la mina. El estoicismo, la resignación, incluso la indiferencia destacan como formas de enfrentar ese duro destino:

La criatura medio muerta de terror lanzaba gritos penetrantes de pavorosa angustia, y hubo que emplear la violencia para arrancarla de entre las piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. Sus ruegos y clamores llenaban la galería, sin que la tierna víctima, más desdichada que el bíblico Isaac, oyese una voz amiga que detuviera el brazo paternal armado contra su propia carne, por el crimen y la iniquidad de los hombres.
Sus voces llamando al viejo que se alejaba tenían acentos desgarradores, tan hondos y vibrantes, que el infeliz padre sintió flaquear su resolución. Mas aquel desfallecimiento duró sólo un instante, y tapándose los oídos para no escuchar aquellos gritos que le atenaceaban las entrañas, apresuró la marcha apartándose de aquel sitio. Antes de abandonar la galería, se detuvo un instante, y escuchó: una vocecilla tenue como un soplo clamaba allá muy lejos, debilitada por la distancia:- ¡Madre! ¡Madre! (de «La compuerta número 12», en Sub terra, Obras completas, p. 118)

Inolvidable resulta, también, su incursión en el alma campesina e infantil; recordemos «La mano pegada» entre los primeros y del que después encontraremos otra versión en Sub sole con el título de «El vagabundo». Entre los segundos es necesario destacar «Cañuela y Petaca» y «Era él sólo». Estos dos relatos, aunque tienen a niños como protagonistas, resultan muy disímiles entre sí; el primero narra las aventuras de dos pequeños que salen de caza, con un trasfondo festivo, casi cómplice con la picardía de los dos pilluelos; en cambio en «Era él sólo», Gabriel es la víctima de la supuesta caridad y generosidad de una matrona campesina, y sus desventuras se desenvuelven en un asfixiante clima que sólo puede culminar en tragedia. La crítica se ha referido a «Cañuela y Petaca», precisamente por la lejanía que guarda con el resto de la temática de Lillo y por la referencia que hace a uno de los gustos personales del escritor: la caza. Pero, lo que más sorprende en este relato es el humor que luego encontramos en «Inamible», cuento que forma parte de Sub sole. El humor no es un elemento frecuente en Lillo, pero da cuenta de la versatilidad de un autor que, siguiendo los cánones de su época, adopta en algunos de sus relatos los aires refrescantes del modernismo como puede apreciarse en Sub sole con los cuentos «El rapto del sol» e «Irredención».

En cuanto a «Cañuela y Petaca», puede afirmarse que es una suerte de antiparábola donde la desobediencia ocupa el lugar central y que al revés de las estructuras de aprendizaje, el mensaje final no condena la conducta de los muchachitos, resolviéndose en un pensamiento socarrón muy propio del campesino chileno:

Mientras corría, examinaba el terreno, pensando que así como el abuelo había encontrado la caja del arma, él podía muy bien hallar, a su vez, el cañón o un pedacito siquiera con el cual se fabricaría un trabuco para hacer salvas y matar pidenes en la laguna. (De «Cañuela y Petaca», en Sub terra, Obras Completas, p. 216).

En los relatos que contienen una estructura de aprendizaje, el relato quedaba abierto a una inferencia que completaba la lectura y que generalmente es una enseñanza relacionada con los valores de la sociedad. En el caso de «Cañuela y Petaca», esto no ocurre ya que la sanción explícita contenida en el gesto iracundo del abuelo, queda borrada por la sonrisa del lector, suscitada por la despreocupación de uno de los niños y su persistencia en la idea de desafío a la autoridad familiar. Si esta actitud se compara con la obediencia ciega de Gabriel y el desenlace trágico que ésta desencadena, habría que leer los cuentos de Sub terra no sólo como un testimonio sino también como un texto destinado a la condena de las actitudes de explotación y abuso con los mineros. En este sentido el orden de los relatos es significativo: «Era él sólo» es el penúltimo de los cuentos y «Cañuela y Petaca», el último.

Sub sole es el segundo de los libros de Lillo y como ya anticipábamos, muestra la vida bajo el sol, tal vez menos miserable que la existencia de los mineros, pero no menos paupérrima y falta de esperanzas. El libro comienza con «El rapto del sol», un cuento de corte modernista, por el predominio de la fantasía y por lo exótico del tema si bien la preocupación por un mundo mejor y el deseo de una sociedad sin clases está explícito al final del cuento:

De pronto, el monarca sintió que el piso faltaba bajo sus pies. Agitó los brazos en busca de apoyo, y dos manos estrecharon las suyas sosteniéndolo amorosamente. Aquellas manos eran duras y ásperas, tal vez pertenecían a un esclavo, y su primer impulso fue rechazarlas con horror; mas, estaban tan yertas, tan heladas, había tanta ternura en su sencillo ademán, que un sentimiento desconocido hizo que devolviera aquella presión. (...) Y aquel foco ardiente era el sol, pero un sol nuevo, sin manchas, de incomparable magnificencia que, forjado y encendido por la comunión de las almas, saludaba con la áurea pompa de sus resplandores a una nueva Humanidad. («El rapto del sol», en Sub sole, Obras Completas, p. 226).

Movimiento literario

Autor que se caracterizó por su estilo costumbrista, que tenía como temáticas la vida cotidiana de los sectores sociales marginados.

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